lunes, 13 de julio de 2009

José Luis Cortés (El Tosco): No podemos quedarnos en la timba



Quería entrevistarlo desde hace mucho tiempo. Había dicho, como siempre en su tono polémico, ciertas cosas sobre la música popular y me interesó sobremanera. Gracias a los espacios que en Juventud Rebelde, se invitan frecuentemente a los artistas pude conocer a El Tosco, un hombre que nació para polemizar en la música popular de la Isla. Desde la primera hasta la última de sus ideas encuentran argumentos o puntos neurálgicos no tratados por otros autores. Su obra, controvertida y muy cubana, ha llegado a incidir en el estudio de la flauta y el canto.

José Luis Cortés González (Santa Clara, 5 de octubre de 1951), con NG La Banda pensó, creó, y hace posible, desde 1988, un proyecto que materializó las expectativas de una nueva generación de músicos.

Llegó a la Escuela Nacional de Arte (ENA) para estudiar la flauta, pero allí estuvo vinculado al coro, la orquesta típica y dirigió la orquesta Jazz Band, entre otras. Cerró su aprendizaje tras su paso por la Aliamén, Van Van e Irakere.

El Tosco y NG La Banda ya tienen un largo camino recorrido. En dos décadas la agrupación ha movido al público con propuestas novedosas que fusionan el son con el jazz, el pop y el rock, y llegan a mezclarlo hasta con la música clásica, algo que también muestran sus dos últimas producciones discográficas, que saldrán próximamente.

—¿Cuánto le aportó su estancia en los Van Van e Irakere? ¿Por qué se fue de esas agrupaciones?

—En la primera aprendí cómo se trabaja la música popular para que la gente pueda bailarla. En la segunda, supe cómo se da la música popular y la de concierto, qué hacer para que la orquesta suene más, y a respetar lo que estás creando. En ambas agrupaciones hice arreglos, coros y canciones.

«Llegó un momento en que tenía deseos de concebir cosas propias y, por respeto a Formell y Chucho Valdés, no podía realizarlas. Pero siempre he considerado que NG La Banda es una naranja partida a la mitad, donde hay de Van Van y de Irakere.

«Al dirigir he sido más liberal. Si traes algo que me “cuadra”, lo acepto. Si no, te digo: “Vamos a arreglarlo”. No doy el “bate” si veo que en verdad sirve. Ahora el trabajo de la orquesta se ha centrado más en lo que pueda aportar mi experiencia. Ya no tengo al lado a Miguelito Pan con salsa (Miguel Ángel de Armas Laferté); Feliciano Arango, que también hacía sus cosas en el bajo; o el baterista Giraldo Piloto.

«Mis músicos actuales son entusiastas, y más en esta etapa que los aprieto con el aniversario 20. Les digo: “Esta orquesta tiene que sonar igual a la de antes, si no vamos a ver por qué”».

—¿Hasta qué punto la agrupación ha mostrado el hacer de esa nueva generación de músicos, como se propusieron en los inicios?

—La idea viene desde finales de 1984. Tuve la suerte de trabajar mucho tiempo como productor titular en la EGREM. Hicimos discos de música bailable desde la óptica de mis contemporáneos, y otros, de música de concierto, también a partir de nuestra perspectiva.

«De ahí salieron Abriendo el ciclo y A través del ciclo, y Siglo I a.n.e. y Faltan Siglo II de n.e.Cerrando el ciclo y Siglo III después de n.e. Estoy loco por hacerlos. La música la tengo escrita, aunque debo cambiar cosas porque ha pasado el tiempo.

«Esas grabaciones las realicé con integrantes de Irakere. Chucho se daba cuenta de que la gente estaba gastada, porque venían de grabar por la noche. Un día él decidió separarnos del grupo a José Miguel Crego (El Greco), Carlos Averoff, Juan Mungía y a mí. Germán Velasco se fue porque se sumó a nosotros. Y se formó lo que se formó.

«Aunque Chucho se adelantó a los acontecimientos, gracias a él, yo sigo todavía en el combate. La propuesta de hacer NG La Banda fue muy facilita: “Vamos a hacer la música como la pensamos, si no resulta en dos años, cada uno calabaza, calabaza”... Pero el grupo ya tiene 20 años, quiere decir que no se ha roto».

—¿Cómo NG La Banda logró concretar el llamado boom de la salsa cubana?

—Siempre se ha dado el boom, como el del songo de los Van Van en los 60. A mí me tocó la etapa de los 90, donde ya la trova no estaba presente en los grandes escenarios, hacían un concierto o decían que tocaban canciones de amor.

«La música popular bailable fue ocupando ese espacio. NG La Banda participó en campañas como Píntate de Sol, El sol te da, y otras. Esta música entró en la juventud de una manera asombrosa. Gustó por los textos y la sabrosura de los montunos. Aunque llegaba por la televisión y la radio, cuando grabábamos un concierto en vivo, esos casetes se repartían. Todo el mundo tenía uno nuestro con aquellos temas: Necesito una amiga, Que venga la fiera que la estoy esperando, La bruja..., lo cual hizo que entráramos al mercado como nadie.

«Logramos crear un movimiento: la timba, aunque yo lo bauticé como Música Popular Contemporánea de Cuba —igual que NG, se lo pusieron en un concurso de radio y significa Nueva Generación—. Imagínate, muchas palabras».

—En los 90 su agrupación fue una de las acusadas de utilizar textos vulgares en sus canciones. ¿Cómo asume la composición sin que le asome el fantasma de lo chabacano?

—Lo he dicho un millón de veces: la música bailable tiene un código. Y es tan fuerte el que aplicó NG La Banda que obviarlo —por decir un dicharacho o frase que estaba en la calle—, es abusivo. Yo salgo a los barrios —Pogolotti, Buena Vista—. Sé cómo hablan, cómo piensan. La música popular siempre se nutrió de allí, de las raíces, de los más humildes. Por algo se llama así.

«Ningún músico popular fue elitista, ni Ñico Saquito, Miguel Matamoros, Manuel Corona, Teofilito (Rafael Gómez), Ignacio Piñeiro, Félix Chapotín, Miguelito Cuní o Arsenio Rodríguez. Ninguno de ellos fue a la escuela, tampoco eran intelectuales. Existe un instinto de pueblo en: “Hay fuego en el 23”, “La yuca de Casimiro” o aquello del Guayabero: “A mí me gusta que baile Marieta”. Eso es Cuba, no se puede cambiar.

«Cuba nueva es: “Qué venga la fiera que la estoy esperando” o “Buena Vista, tremenda pista”. Eso es lo que me tocó hacer. No me comparo con Piñeiro ni Matamoros. Lo que lleva este tiempo Juan Formell lo ha plasmado en La Barbacoa, La Habana no aguanta más. Chucho Valdés con “Antes de tiempo no, respeta” o “échale semilla a la malanga que yo tengo el uno”.

«Sin embargo, a muchos nos han tildado de chabacanos. Antes te suspendían un tema y no podías opinar nada. No tenías cómo defenderte en una pelea de león para mono y el mono con las manos amarradas. Ahora tenemos derecho a réplica».

—¿Existen aún prejuicios sobre sus letras?

—Pienso que es un problema de tiempo, de conejillo de Indias, de “No puedo cogerla con fulano”. Muchos han perecido en la batalla. A mí no han podido tumbarme.

«Yo sigo tocando en mis canciones temáticas sociales, por ejemplo, la malversación y la doble moral están en mis títulos hace rato. Tienen que escucharlos».

—¿Qué lo motivó a crear la Escuela de canto?

—La Escuela tiene más de un año y ha graduado a 15 vocalistas. Existe gracias al Ministerio de Cultura. Se me ha dado la anuencia de buscar voces nuevas para que nutran la montaña de la música popular, que es muy grande.

«Siempre me ha molestado que haya un vacío entre las grandes divas: Omara Portuondo, Moraima Secada, Elena Burke, Gina León, entre otras; y las que vinieron detrás, que casi ninguna vive ya en el país. Luego salen las nuevas estrellas, que es una mentira porque todavía no hay un trabajo para decir que lo son. Todas han pasado por mis manos: Osdalgia Lesmes es como mi hija, Vania Borges y Tania Pantoja también.

«Pero más peligroso que ese bache entre la vieja y la generación actual es que, después de estas, no hay nada, y la mayoría de estas muchachas pasan de los 30. Eso me da miedo.

«Lo otro es que no hay orquestas de mujeres que estén “pegadas” —la más conocida es Anacaona, la legendaria.

¿Qué puede estar sucediendo, si tienen los mismos coros que nosotros? Ahí hay un misterio. Comencé a investigar, y a ayudar a Lady Salsa, Son Damas y las Chicas del Sol. Hicimos un festival de mujeres en La Tropical, y me he dedicado mucho a este trabajo».

—¿En qué consiste la Camerata Cortés?

—Antes la flauta era un instrumento masculino, y de repente se ha convertido en femenino. Ha quedado en un segundo plano, con la tecnología de los sintetizadores y los grupos de metales.

«Por eso, recordando a los maestros que me dieron clases, para dignificar el instrumento y gracias al Instituto Cubano de la Música, se nos dio la posibilidad, al maestro Antonio Pedroso y a mí, de hacer realidad esta orquesta. La componen 22 muchachas y un muchacho, estudiantes de la especialidad en el Instituto Superior de Arte y el Conservatorio Amadeo Roldán. Creo que están haciendo una agrupación similar en Cienfuegos».

—Formell dijo en una ocasión que no se estaba viendo un relevo en serio en la música popular que asegure su futuro. ¿Qué problemas urge resolver en la música bailable para garantizar tal continuidad?

—Si no nos ponemos a pensar bien, nos vamos a quedar en la timba. Hay muchas dificultades para hacer un grupo: que si no tienes empresa, que si la plantilla, que si la ley número x, que si tienes que esperar un año para salir de Cuba... Millones de cosas que están establecidas por las entidades musicales y de la Cultura en general.

«En el período especial, algunos emigraron del país o no querían trabajar. Y la música popular bailable, esa que criticaron tanto, dio alegría y diversión al público. Ahora salió un león. Porque el futuro de la música cubana no es el reguetón. No tengo nada en contra del género, algo tiene dentro para ser un fenómeno musical. Pero creo que aquí se ha estudiado mucho y se tiene un nivel artístico muy grande para caer en una factura que estéticamente es muy baja.

«Pienso que hay que revisar las leyes de la creación de nuevos grupos, ver cómo abrimos en vez de cerrar. Porque este es un pueblo en que la gente camina y habla bailando y cantando. Un pueblo sin música no tiene alma. Eso viene de la época martiana y no lo va a cambiar nadie».

viernes, 10 de julio de 2009

Brujería

Ando motivada porque me acaba de caer en las manos un nuevo disco. Siempre es grato palpar algo fresco, acabado de salir, y con los deseos de que los «listo» esté entre los destinatarios.
Brujería es el álbum que traigo a esta hora. lo comparto porque solo lo he podido escuchar una vez. Es la nueva entrega de Enrique Álvarez y la Charanga Latina, que este sábado 11 de julio se presenta en La Habana.
Enrique le ha puesto "to" al disco. Se le ve junto a su violín en la portada y contraportada, viviendo esa música que con matices africanos también describe a los cubanos. Escogió la misa Ritual Yoruba y Mi santo, para romper el hielo, pero luego no quiere solo enmarcarse en una tendencia y va hilvanando con el son a lo Te voy a olvidar, de Arsenio Rodríguez, y el bolero Perdón y La vida es un sueño, compuesto por el propio Rodríguez y Pedro Flores.
Álvarez y su Charanga Latina se aventuran en un viaje melódico por otros géneros cubanos y seduce con Almendra, un danzón instrumental firmado por Abelardo Álvarez, y el clásico Manisero, de Moisés Simons.
Pero entre los temas, también la selección de la Charanga Latina incluye Piel de manzana, un número del español Joan Manuel Serrat. Junto a los 12 sencillos del álbum, aparece un DVD que contiene entrevistas con el pianista Chucho Valdés, y el premio nacional de la música 2008, Adalberto Álvarez. Además Brujería suma un concierto ofrecido por la orquesta en septiembre de 2007 en el habanero Salón Rosado de la Tropical, y varios videoclips.
Espero ver en vivo este sábado, mucho de lo que ya escucho en la nueva propuesta de la EGREM: Brujería.

jueves, 9 de julio de 2009

El pulso de un artista

¿A qué le puede temer un artista? ¿Cuáles son sus mayores dudas? José María Vitier quiso analizar esas preguntas cual si fuera una minuciosa radiografía interna. Quizá tan meticulosa como la que haría el laboratorista que examina nuestra sangre.

«La primera sensación que tengo es que no le temo a nada», dice mientras se lo piensa mejor y gana tiempo para esbozar inmediatamente su idea: «El gran peligro del artista, ese que hay que saber sortear, es la vanidad».

En las profesiones, como en la vida, son los principios los que ordenan, equilibran. Para Vitier lo principal que hay que aceptar es que cada quien se dedica a una actividad equivalente a cualquier otra, y que el arte está en muchas actividades del ser humano, fuera de lo que se llama propiamente artístico.

«Existe una tendencia, casi imparable, por lo que tiene de excepcional el artista. Sería mejor valorarnos por todo lo que tenemos en común, y no por lo diferente. Si el mundo tomara lo bueno que poseemos todos, fuera mejor».

Un puente para lograrlo es la música, dueña de un lenguaje común para la comunicación: la melodía; y conocedora del lugar exacto donde explotamos al amar —y perdonen que me robe la frase de un cantor latino. Mi entrevistado también lo sabe. Él pone en su obra esos y otros elementos.

¿El artista puede valerse de estrategias para atraer a la gente a sus conciertos? ¿Eso significa ser popular?, insisto.

«Trabajar pensando, sobre todo en que mientras mayor sea el número de personas, mejor, eso me parece una distorsión de la labor del creador. La popularidad que realmente importa es la que pervive en el tiempo. La otra es muy agradable y, seguramente, las personas que la tienen, la disfrutarán.

«Siempre recuerdo que eso puede cambiar. Son pocos los que consiguen la verdadera gloria de quedarse instalados en la memoria de su pueblo. Uno no debe poner nunca —y todos podemos caer en la tentación—, ese motor para que movilice tu conciencia creadora.

«Me importa que los que vayan a mis conciertos salgan con las ideas en movimiento, que regresen a sus casas con algo nuevo en sus vidas, aunque sea pequeño. Con eso me siento completamente realizado. Lo demás lo dice la historia, el tiempo y el pueblo».

José María Vitier tiene también su historia. La ha labrado junto a su familia, su piano y acompañando a Cuba, a la cual lo atan lazos que «no pueden modificarse, porque han marcado nuestras vidas».

Y esa pluralidad de la que habla está dada porque no es él sin la Isla, sin ellos. De ahí que su cotidianidad la comparta con su esposa Silvia, con José Adrián, su único hijo; sus dos nietos: Adrián, de 9 años, e Ismael, de 5. «Los dos están chiquitos pero aspiro a que sean músicos. Tocan la percusión, se acercan al piano y hacen su toque desordenado, pero reconozco en ellos el sentido del ritmo, de la melodía».

Mirando a los «futuros músicos», José María rememora su infancia, la cual cataloga de normal. «Me criaron con amor, con sensibilidad. Fue una etapa maravillosa», señala.

Como fotos fijas que pasa mentalmente, el pianista recuerda las visitas a sus primos y al tío Eliseo Diego, al hogar de Lezama Lima, y las reuniones familiares, donde el arte salía de forma espontánea.

«De repente era un cuadro bastante pintoresco. Recuerdo algunas imágenes en las que Josefina Badía, la madre de mi mamá, estaba sentada en el piano; mientras mi padre tocaba el violín —un instrumento que ha sido muy importante en su vida y en el que llegó a terminar la carrera».

Encontró referencias en otro asiduo de su hogar, el jazzista Felipe Dulzaides, quien también influyó en Sergio, hasta el punto de darle su primer trabajo.

«La música igualmente nos ha unido a Silvia y a mí. Trabajamos juntos, aunque ella fue economista por 12 años. Pero llegó un momento en que se decidió por la producción, la dirección artística y la supervisión musical y, desde hace ya muchos años, participa también en la creación de los textos que musicalizo», comenta.

De ese equipo perfecto, dotado de una dupla inestimable: amor y armonía, ha salido en 2009 Pulso de vida, el CD DVD que trató de captar la existencia de José María, y esa pluralidad que lo define.

«Deseábamos que se sintieran los latidos de la pareja y de la familia que creamos, que se ve en Tu amor es una lámpara encendida. El disco adicionalmente me enfrenta al piano, mi fiel acompañante y al que no había dedicado un álbum en solitario».

En el volumen aparece la pintura de su hijo, quien hizo un cuadro original para la portada de Pulso de vida y los diseños interiores, después de haber ilustrado álbumes como Imágenes y la colección 30 años de música.

Pulso... absorbe el ambiente natural del músico en un material audiovisual, dirigido por Jorge Perugorría. Se suma un folleto donde aparecen versos de su madre Fina, la prosa de su padre Cintio, y las canciones de Silvia. José María también se arriesgó y escribió sus textos. El CD muestra 12 temas que toman definitivamente los deseos del pianista de reverenciar a la trova cubana. Asimismo, emergen las creencias que describen al cubano, y homenajes al Che y a las actrices de cine, así como la propia relación de Vitier con el séptimo arte.

Porque es el cine un medio que le ha traído alegrías y aflicciones. «Los sinsabores te los digo rápido: estoy consciente de que uno trabaja para un equipo, una historia. Hay que seguir ciertas pautas, que las indican el director y el guionista.

«La humildad en estos casos es muy necesaria, pues la música hay que cortarla o alargarla, y a lo mejor no queda donde el compositor quisiera. Por eso rindo tributo a los directores de cine con La vieja terminal, que pertenece a mi último disco.

«Aunque ya no hago las bandas sonoras con tanta intensidad, me gusta mucho. Siempre es una fiesta hacer una película. La última que hice es de Brasil, pero pronto debe haber algún encargo».

—¿Qué pudo desencadenar ese trabajo, que luego lo llevaría a componer las melodías de El siglo de las luces, Fresa y chocolate...?

—Ocurrieron dos cosas. Una fue cuando era estudiante de piano y grabé, con el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC (GES), los arreglos de Hombre que vas creciendo, de Pablo, y otro hecho por Leo Brouwer, quien dirigía el GES. Luego Sergio comenzó a llamarme para tocar el piano de su música para el cine, como en El Brigadista, Girón, y otras muchas colaboraciones.

«Lo otro estuvo dado por mi primo Rapi Diego, que comenzó como editor y asistente de dirección de documentales en el ICAIC. Él me invitó a componer la música de su primer material y de los tres que le siguieron, ya que tenía experiencias de ese tipo con el teatro. Para sorpresa mía otros directores me empezaron a llamar, como Sergio Núñez, Gerardo Chijona, Daniel Díaz Torres...».

—¿Lo mismo le sucedió con las series de televisión?

—Es increíble, pero en los lugares menos sospechados me lo preguntan. Para mí fue una suerte muy grande participar de aquella serie. Comencé a musicalizar junto a Sergio En silencio ha tenido que ser... (1979) y Julito, el pescador (1980). Después hice en solitario Para empezar a vivir, El regreso de David y La frontera del deber. Le sucedieron otras miniseries hasta que llegué a Día y noche.

«Tuve la dicha de que las historias que se contaron eran muy interesantes y los actores de primera línea. Las series se quedaron en la memoria del pueblo. Y la música también se benefició».

—La década del 80 fue una gran época para usted...

—Tengo buenos recuerdos, como el de mi grupo. Con él logré recorrer todo el país. Escribí en ese tiempo más de 50 obras originales e hice muchos arreglos musicales. Tuvimos emocionantes conciertos en Nueva York, en el Festival Cervantino de México, en Venezuela y en París (Francia). No dejamos una obra discográfica grande. Nuestra agrupación duró hasta 1990. Aunque los lectores se darán cuenta de que no fue lo único que, por esa fecha, se disolvió.

—¿Por qué terminaron?

—Fueron muchos los grupos que se cuestionaron su existencia y pocos los que sobrevivieron unidos en esa época. Las agrupaciones que proliferaron en los 80 se quedaron descolocadas en la difusión y tenían problemas materiales concretos: se volvió difícil ensayar, trasladarse...

«Nosotros primero hicimos una reducción a seis, pues éramos 11 personas en escena. Duramos un par de años más, pero después desaparecimos de mutuo acuerdo. Era el director y me tocó la decisión, dolorosísima. Fueron muchos años juntos. Tenemos actualmente amistad y seguimos colaborando».

—¿Es la composición el centro de su vida?

—Lo es. Indudablemente me lleva mucho tiempo. El año pasado escribí una ópera con libreto de Carlos Fuentes, el gran novelista mexicano. Dura más de dos horas y es una obra escrita para una orquesta, solistas y coro.

«Coincidió con el tiempo del concierto sinfónico El cantar del caballero y su destino, basado en un texto hecho por Silvia y que yo musicalicé. Se estrenó en el Karl Marx el 6 de junio de 2008. Hicimos un disco y está en proceso un DVD, que dirige Lester Hamlet.

«Misa cubana es la obra que siempre tendré que poner en primer lugar como nuestro modelo de algo que se hizo con absoluta entrega y, sin esperarlo siquiera, nos ha retribuido espiritualmente tanto, en Cuba y fuera. Cuando eso te pasa es un milagro».

—Hay una imagen en el DVD donde usted está con una guitarra, que recuerda a los viejos trovadores. ¿Cómo lo ha marcado ese género?

Pulso de la vida—He tenido la suerte de haber visto en vida a músicos de la vieja trova santiaguera. Ya no eran Sindo Garay, Graciano Gómez, Salvador Adams, ni Miguel Matamoros. Pero pude conocer en la década del 70 a Ángel Almenares, Emiliano Blez, Ramón Márquez y muchos otros.

«Aquello me produjo un efecto muy fuerte. Como el big bang de mi carrera como compositor. Aprendí a tocar un poco la guitarra para valerme nada más y poder recordar algunas canciones de aquella época. En el género vi un mundo de respeto a la belleza, a ciertas formas que, por momentos, se entroncaban con mi formación clásica.

«Los viejos trovadores desgraciadamente llegaron tarde a ese tren que benefició, con mucha justicia, a otros grandes. Son un ejemplo de sabiduría musical, humildad y actitud ante el arte y la vida en general. Cuando empecé a hacer música instrumental, deseé que mi melodía tuviera ese poder de emocionar que tenían sus canciones».

—Tomándose el pulso, ¿puede enunciar cuáles son sus mejores momentos?

—El nacimiento de mi hijo fue el momento irrepetible de mi vida y la de Silvia. Luego es la creación. Ha habido presentaciones en que uno siente que pasó algo diferente. Sin embargo, iría más allá. A veces no es un concierto completo, sino una parte de él. Me sucedió cuando Pablo Milanés estrenó Tus ojos claros en la Cinemateca. Sentí que transcurrió un tiempo entre el fin de la canción y los aplausos. Ese instante, en el que aparece esa sensación de suspensión, te dices: «Te saliste del tiempo», y preguntas: «¿Será que no van a aplaudir?». Momentos así, ocurren poco.

¿Cuál es su futuro inmediato?, le hago la pregunta casi obligatoria en las entrevistas, para conocer los proyectos de un creador. José María contesta: «¿El futuro? ¡Ay Dios, quién será adivino!, como dice Silvio en su canción».

Pero Vitier piensa más allá de su música, y medita en que todo tiempo posterior lo tomará de un modo optimista. «Es la mejor manera de estar en este mundo», señala.

«Habrá más creación», afirma, porque también tendrá una dosis de lo que todo artista se formula como plan próximo, pues, con los años «se vuelve un reto mayor hacer algo novedoso, diferente. Pero de todas formas vale la pena intentarlo».

martes, 7 de julio de 2009

Mi reverencia al Rey

Michael Jackson nos dejó el 25 de junio pasado. Y hoy 7 de julio, en sus funerales, nos separaron de su imagen física. El rey del pop se ha ido, entre el delirio de su música y su danza y las controversias morales, indiscutiblemente ha sido una leyenda artística que marcó el gusto de millones.

No está, pero cuando en las imágenes surja una metamorfosis kafkiana de una noche turbulenta y bailarines dancen a un paso descomunal, todos sabrán que ahí vive Michael , sin misterios morales, solo con su música.

Sus comienzos, en un grupo integrado también por sus hermanos —los Jackson Five— en la mítica década de 1960, le auguraron éxito en lo que sería luego una larga y fructífera carrera artística, que matizó con varios premios Grammy.

Desde el primer disco en solitario de Michael, Got to be there —publicado en los 70—, el cantante fue camaleónico, al ser capaz de moverse dentro del rock, el rhythm and blues, la música disco y, además, bailar en coreografías sorprendentes.

Es con su álbum Thriller que alcanza el estrellato en 1982. Desde el clip que promocionaba el tema principal, Jackson anuncia su visión innovadora de mostrar el estilo que más defendió.

Su música trató de alejarse de los lugares comunes que muchas veces emergen en el pop, y buscó sorprender con temas como Earth song (Canción de la tierra), o junto a 46 voces importantes de su país con el sencillo We are the world, perteneciente al disco U.S.A for Africa, que reunió millones de dólares para ayudar a la población de ese continente.

Pero Michael Joseph Jackson, nacido el 29 de agosto de 1958 en Gary, Indiana, no pudo despojarse de la frivolidad que quizá lo envolvía. Una apariencia lograda a base de operaciones quirúrgicas y tratamientos médicos, y procesos judiciales que dejaron en entredicho sus lados más oscuros, también lo definieron en sus cinco décadas de existencia.

El rey no prescinde de su corona. Su huella musical está tatuada en los millones de seguidores que tiene en el mundo. Adiós rey.

viernes, 3 de julio de 2009

De los elegidos del Benny y de algunos clásicos cubanos del siglo XIX

Los he dejado unos días. Pero ya regreso y cargada de nuevas experiencias. Ayer, por ejemplo, tuve la oportunidad de acercarme a una nueva producción discográfica: Clásicos cubanos del siglo XIX, de la maestra María Elena Mendiola, acompañada de músicos de las orquestas de Cámara de La Habana y Solistas de La Habana.
En el álbum, la Mendiola trae al presente la música sinfónica cubana del siglo XIX con José White, Ignacio Cervantes, Liko Jiménez y Hubert de Blanc. Me ha parecido excelente que los músicos cubanos se preocupen por mantener viva esa memoria sonora. Las partituras de esos compositores ha perfilado de seguro a la armonía que escuchamos hoy.
Para María Elena la idea nació centrada en dos obras fundamentales: el Concierto para violines de José White, y el Scherzo Capriccioso, de Ignacio Cervantes, ambos autores son los más conocidos de Cuba en esa centuria.
Pero ante un terreno prácticamente virgen para la fonografía, la Mendiola agregó horas largas de investigación. Hurgó en los archivos del Museo Nacional de la Música y buscó otro tanto en los documentos que guarda la Orquesta Sinfónica Nacional.
Allí descrubrió «una obra exquisita», Estudio sinfónico de Liko Jiménez. También develó la Oda a la memoria a Antonio Maceo, de Hubert de Blanc, el único no cubano por nacimiento que contiene el CD, aunque sí tiene la nacionalidad por naturalización y convivencia en la isla antillana.
Otra de las buenas nuevas que les cuento es sobre la serie documental Los elegidos. Escogidos por un genio musical, ansioso por que tocaran lo que ya en su cabeza sonaba, los músicos de Benny Moré, son el motivo este material, dirigido por Maira Samada Guerra.

Me alegró saber que los lunes del verano, al iniciar la noche, los testimonios de artistas acompañaron al Bárbaro del Ritmo en su emblemática Jazz Band, ocuparan la pantalla chica. Serán diez capítulos, de 12 a 15 minutos,que el Canal Educativo 2 transmitirá y que nos acerca un poco más a la obra de El Benny, de la mano de sus más cercanos colaboradores.

Allí volveremos a ver a Lázaro Valdés, Juan Morell, Santiago Peñalver, Mauro Gómez, Humberto Mena, Bienvenido Róger Mena, José R. García Caturla y muchos otros. Ellos reverenciarán, en el aniversario 90 de su natalicio, a quien los guiara antaño, El Benny.