jueves, 3 de septiembre de 2009

David Blanco se adueña del tiempo


He querido compartir con ustedes esta conversación. Imagino que a esta hora ya se han leído JR y pensarán:«¿Esta muchacha quiere que leamos otra vez la entrevista?. Pues no. Les contaré los pormenores de mi encuentro con David Blanco.
Lo conocí en la presentación de su disco La evolución. Un colega me lo presentó. Ya había escuchado algunos de los títulos de su disco, pero deseaba preguntarle, de cerca al autor, sobre las motivaciones como joven músico.
David es un volcán. En un momento nos pusimos de acuerdo para que antes de la gira habláramos sobre el tema en una entrevista. Al final, por cuestiones de trabajo mías, no pudimos. Pero cuando en agosto
pasado su padre, su representante, me llamó para que fijáramos el día, pues decidimos que fuera el 22, pues David viajaría a Manzanillo a ofrecer unos conciertos y queríamos conversar con calma antes de la esperada presentación de hoy 4 de septiembre en la Escalinata de la Universidad de La Habana.
Creo que es un músico decidido. Defiende su punto de vista con tranquilidad. Es firme cuando le hablan de preservar la cubanía que hay en los géneros musicales, aunque los lleva a un lenguaje contemporáneo.
«Me gusta el cha cha cha y lo mezclo. No veo por qué separar las cosas. No es que se mantenga un estilo ambiguo. Es que el mundo está así en todo y no solo en la música, sino en la literatura, el cine y las modas, donde ya no hay un estilo único», me dice.

Asume como joven ese enfoque, sin embargo «no le gustaría que se perdiera la autenticidad del son, ni del genuino sonido cubano, sino que siga evolucionando».
Así es David Blanco. En escena se le ve como un hombre orquesta que, además de cantar, toca la trompeta, el piano y la guitarra. Le pregunto cómo puede. La respuesta quizá esté en esa intranquilidad que lo caracterizó en su infancia y ese ambiente de melodías que había en su casa.

«Antes de estudiar música tenía ya un violín en las manos, porque mi abuelo lo tocaba en la Sinfónica. También había un contrabajo en el que cabían cinco David. Me paraba frente al piano, tocaba la mandolina... Y eso fue impregnando en mí un gusto más físico por la música».

Empezó estudiando violín, a los siete años. Luego lo cambió por la trompeta —de la que se graduó en el conservatorio de música Amadeo Roldán—, y como instrumento complementario, nada le vino mejor que el piano, un soporte imprescindible para «ayudarme a componer».

Cómo serían aquellas canciones de los inicios. David no las conserva. «Eran comiquísimas. No quieras oírlas. Solo guardo las que comencé a hacer a partir de 1998», confiesa.

¿Pensabas en Moncada en esa fecha? «Entré porque conocía al cantante del grupo. Me dijo que buscaban a un músico que tocara varios instrumentos. Estuve con ellos dos años, pero llegó el momento en que les comuniqué que me iba a hacer mi proyecto».

No fue una situación tensa la de separarse del grupo. De hecho, tiene buenas relaciones con ellos, participa en sus conciertos y, en el último disco de la agrupación, grabó un tema que había compuesto cuando formaba parte de Moncada.

Hace ocho años se adueñó de un escenario. Desde ese tiempo hasta ahora varias canciones han llegado a la gente: El despecha’o, La pachanga, Miénteme, Bota’o en Madrid...

Ahora suenan otras que recopiló e integró en un álbum fonográfico, que lo mantuvo dos años recluido en los estudios de grabaciones. Con La evolución, de 12 temas, quiso asumir un nuevo reto, algo diferente, porque «uno va ganando más confianza».

En Ella tiene una pistola, El mundo de tus sueños, La evolución y otros sencillos, se encuentra una filosofía interesante, cierta dosis de humor mezclada con las vivencias del autor. En la sonoridad aflora ese aire genuino, aprehendido de otros estilos.

David dice que en la música «siempre van a salir todas las influencias que una persona tiene. Cuando haces una canción fluye lo que has escuchado, lo que has aprendido.

«Me gusta mantener esa picardía que tuvieron mis composiciones desde el principio. Eso que tanto se ha reflejado en la música nuestra, desde Ñico Saquito con su “cuidadito compay gallo”. Me considero un heredero de todo ello, lo que he utilizado junto a las nuevas tecnologías».

Yo soy el punto cubano me resulta una versión fiel a ese concepto del cantante. Escoger un tema que habla de la Isla, como el de Celina González y Reutilio Domínguez, provoca que lo interrogue sobre la cubanía.

«Siento que mientras más crezco, más ella prende. Ese cariño que aquí la gente siembra, aunque vaya a hacer conciertos emocionantes en otros escenarios y pegue canciones lejos, lo que hay en Cuba no lo encuentro en ningún lugar. Por eso cada vez que voy a hacer música, primero que todo, pienso en los cubanos. Y cuando me voy a otras partes, va mi público conmigo, porque ya está en mis canciones».

El mar y su ciudad son esos símbolos cotidianos que le dibujan a Cuba. «Me agrada mucho La Habana y estar en ella. A veces me aparto. Me voy a Pinar del Río y a Bejucal, el pueblo de mi padre. Escucho, en esos ratos libres, toda la música que puedo, aunque tuve una etapa de adolescente bastante radical, oyendo rock duro. Hoy encuentro igual placer en otros ritmos».

Ahora vive un momento especial. «Es cuando mejor me siento», porque su banda suena como espera. Trabaja en la actualidad «con Nailé Sosa, una baterista excelente que también colabora con X Alfonso; Iván Leyva, un gran músico que ha participado en mis dos primeros discos; Luis Durand, el sonidista que siempre nos acompaña; y Ernesto Blanco, mi hermano. Él tiene su proyecto y graba un fonograma actualmente, pero la música nos une y la sangre también».

Han pasado varios músicos en estos años. «Todos han sido muy buenos, como el baterista Emilio Veitía, la bajista Mariel Rivas y la percusionista Yaimie Carel; quienes me acompañaron en el último CD».

A David le rondan varias ideas en la cabeza. No ha tomado vacaciones en los 29 años que ha vivido. Definitivamente hará música en las próximas décadas. Creará una familia y se dedicará a producir discos. Disfrutará de esta Isla maravillosa y de la gente que la puebla.

Sueña con hacer un concierto en el que su grupo y la Sinfónica Nacional interpreten canciones suyas arregladas para ese formato, y con tocar otras que constituyen clásicos en la nación. «Algo así como lo que hizo Metálica», señala.

Esta noche David volverá a lo que sabe hacer. Hará una velada musical en la Escalinata de la Universidad de La Habana, pensando en el significado que tiene empezar un nuevo curso, y alentando a los que estudian, en esos deseos de seguir triunfando.

«Daré ese ánimo porque la música es una herramienta fuerte para transmitir sensaciones», comenta y repite esa visión de contemporaneidad con que vive y crea. David Blanco hace música de ahora, pero hurga en todo aquello que melódicamente también nos define.

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